Texto
LIBRO:HEIST
¿Alguna vez te has enfrentado a un monstruo?
No, no hablo de esos monstruos de fantasía, hablo de uno de carne y
hueso, uno que por fuera es hermoso, con una sonrisa atrayente y un
encanto que deslumbra a cualquiera. Uno que posee una cubierta perfecta
para ocultar a la bestia que en realidad es.
Todos creemos que, al enfrentarnos a un monstruo, tendremos miedo,
temblaremos y huiremos para salvar nuestras vidas cuando, en realidad, ni
siquiera nos daremos cuenta de que nos estamos enfrentando a él. Seremos
incapaces de identificarlo hasta que ya sea demasiado tarde; hasta que
nuestra sangre esté manchando su perfecto rostro y sus labios formen una
sonrisa sádica que nos revelará que el monstruo ha estado ahí, en nuestras
narices todo este tiempo, y hemos sido tan ciegos que no lo hemos visto.
Él puede infiltrarse entre nosotros con facilidad, puede imitar nuestras
emociones, aunque no pueda sentir ninguna en absoluto. Él manipula,
miente y hace lo necesario para conseguir lo que quiere. Nosotros somos
solo piezas en su juego y si resultamos heridos o muertos, es daño colateral;
no perderá el sueño por eso porque no le importa.
¿Está solo o hay más como él?
Eso tendremos que averiguarlo juntos, pero, ¡cuidado!, una vez que
entras en el juego de un monstruo, la única salida es la muerte.
Comisaría de Wilson
21 de diciembre
Hora: 10.58 pm
Denuncia recibida por: Oficial Jones
—¿Leigh?
Silencio.
El oficial Jones suspiró y se pasó la mano por la cara. La frágil figura de
Leigh se estremecía mientras permanecía sentada al otro lado de su
escritorio, con los hombros desnudos manchados de sangre al igual que su
pálido rostro.
—¿Qué fue lo que pasó, Leigh? ¿De quién es toda esta sangre?
—Yo... él... —Leigh se calló y su rostro se contrajo al recordar algo—.
Fue él.
—¿Quién?
—Ya se lo he dicho.
—¿Heist?
Ella asintió.
—¿Tienes alguna prueba de lo que estás diciendo? Esta acusación es muy
seria, Leigh.
—Ya le he dado la foto, ¿qué más prueba necesita?
—Necesito mucho más que eso para acusarlo.
—¿Y no tiene suficiente con lo que ha pasado esta noche? ¿Con la
sangre?
—No puedo hacer nada hasta que lleguen los resultados del laboratorio,
pero tú lo sabes, ¿no, Leigh? ¿De quién es la sangre?
—No lo sé, debería preguntárselo a él.
El oficial Jones abrió su boca para contestar cuando los ojos de Leigh se
agrandaron por la sorpresa, al fijar la vista en algo detrás de él. El oficial se
giró en su silla y a través del vidrio transparente de su oficina pudo verlo:
Heist. El chico venía esposado con un policía a cada lado, y sangre seca en
algunas partes de su ropa, que también oscurecía su cabello rubio. Los ojos
de Heist se cruzaron con los de Leigh y sus labios se curvaron hacia arriba
en una siniestra y torcida sonrisa. Leigh apartó la mirada de inmediato. El
oficial sabía que algo estaba pasando, pero ni él ni nadie en el pueblo de
Wilson estaba preparado para la magnitud de lo ocurrido. Nadie nunca lo
estaría para algo que tuviera que ver con Heist.
1
Perfección fragmentada
Tres meses antes
22 de septiembre
LEIGH
—Mantente alejada de esa familia, Leigh.
Eso solo hizo que quisiera acercarme más a ellos. ¿Es que mi madre aún
no entendía el principio de que cuanto más se opusiera a algo, más
curiosidad tendría? Crecí rodeada de noes.
No juegues con niños, solo niñas.
No uses ropa reveladora.
No te desveles.
No digas malas palabras.
No escuches música extraña.
No leas nada que no sea apropiado.
No tengas amigas que yo no apruebe.
No puedes salir después de las siete de la tarde.
No puedes tener acceso a internet y debo autorizar todos los programas
de televisión que veas.
No.
Mi madre tenía tendencia a prohibirme cosas sin darme ninguna razón, su
respuesta era que ella era mi madre y sabía lo que era mejor para mí; eso o
me daba una charla al respecto. Mi hogar era sumamente religioso, de
hecho, todo el pueblo lo era. No existía ninguna familia que no asistiera a la
iglesia, y aquellos que se atrevían a descarriarse eran aislados y tratados
como bichos raros hasta que se rendían y volvían al redil. El pueblo de
Wilson había creado su propia religión hacía más de cincuenta años y aún
nos regíamos por ella.
El pueblo no tenía una población muy grande así que no fue difícil que la
comunidad se volviera cerrada y estuviera entrelazada por nuestra religión.
Todas las tiendas, negocios y restaurantes estaban controlados por la gente
del pueblo. Wilson atraía a muchos turistas: en verano, cuando nuestros
manantiales y cascadas naturales se tornaban frescos, y también en
invierno, cuando nuestras montañas se cubrían de blanca nieve. La
comunidad era muy permisiva con los turistas, total, según nuestros líderes,
eran extranjeros que no sabían comportarse y que solo permitíamos en
nuestro territorio para que mantuvieran nuestra economía.
«No se dejen influenciar por las costumbres libertinas que muestren los
turistas.»
Ese sermón dominical estaba grabado en mi mente.
—No sabemos nada de ellos, esa familia aún no se ha incorporado a la
iglesia —me recordó mi madre—. Hasta que no sean miembros activos y
creyentes de nuestra iglesia...
—... no existen para nosotros —terminé la frase por ella.
No tenía que recordármelo; ya no tenía nueve años, sino diecisiete.
Mamá probablemente tenía razón, no sabíamos nada de ellos. ¿Serían malas
personas? ¿O personas libertinas como los turistas?
Cada vez que alguien se mudaba a Wilson causaba todo un revuelo,
desde murmuraciones en los supermercados hasta conversaciones en la
iglesia cuando nuestro líder terminaba su sermón. Hice una mueca,
balanceando mis pies hacia delante y hacia atrás debajo de la silla alta en la
que estaba sentada frente a la mesa de la cocina. Mamá estaba al otro lado,
preparando la cena. Su cabello castaño estaba sujeto en una cola alta y
llevaba puesto un vestido floreado con mangas que le llegaba por debajo de
las rodillas —¡que el Altísimo no permitiera que mostrara algo de piel ni
siquiera en casa!— y que protegía con un delantal. Cuando revisó el horno,
un delicioso aroma se escapó de él.
—Hummm, ¿sábado de lasaña? —le comenté, poniéndome de pie.
Ella me sonrió y unas ligeras arrugas se le acentuaron en las comisuras de
la boca y de los ojos.
—Sí, aún no entiendo cómo no te aburres de la lasaña.
—Es imposible.
—Ve a lavarte las manos, tu padre debe de estar a punto de llegar.
—Sí, señora.
Obedientemente, fui al baño pequeño situado a un lado de las escaleras
de la casa y me lavé las manos. Papá era un abogado muy prestigioso y
trabajaba en la ciudad. Su carrera nunca tuvo mucho futuro en un pueblo
tan pequeño como ese, así que todos los días conducía durante una hora
para llegar a su despacho de abogados. Nunca me había querido llevar a sus
oficinas, supuse que tenía sus razones. Me conformaba con saber que le
estaba yendo muy bien y, gracias a él, podíamos permitirnos vivir con
muchos lujos y tener una casa grande y bonita en el mejor vecindario del
pueblo.
Gracias al Altísimo por darnos tanto.
No eran muchos los que podían vivir en este barrio, la mayoría de las
personas del pueblo tenían trabajos allí mismo con una remuneración
estable, pero no suficiente como para comprarse una casa como esta.
Muchas de las casas de nuestro alrededor se hallaban vacías, solo algunas
estaban ocupadas por familias que, como papá, exploraron la ciudad en
busca de mejores opciones.
Por esa razón, nuestros nuevos vecinos llamaron mucho la atención. No
solo porque nadie los conocía cuando se mudaron aquí, sino porque un año
atrás habían comprado la casa de al lado, la más cara del vecindario, y la
habían estado reformando durante todo ese tiempo. Ahora lucía como una
mansión de película. Ellos no se mudaron hasta que las remodelaciones
terminaron, hacía poco más de una semana.
El día de la mudanza solo vi a una señora rubia treintañera, muy elegante,
coordinando al personal que contrataron para bajar las cosas que en su
mayoría se veían nuevas, bien empaquetadas. Nadie sabía nada de ellos.
Incluso habían contratado a una empresa de afuera para las remodelaciones,
así que nadie del pueblo había puesto un pie en esa casa con excepción de la
señora Till, la agente inmobiliaria encargada del proceso de venta.
—Tienen mucho dinero, Lilia —le había susurrado la señora Till a mi
madre el pasado domingo en la iglesia—. Tienen un acento muy profundo,
son alemanes. Solo he visto a la pareja, pero creo que tienen hijos. No
tienes ni idea de cómo han remodelado esa casa, con mucho lujo, como esos
programas de la televisión donde muestran la casa de los famosos, pura
avaricia, Lilia.
Me quedé mirando mi reflejo en el espejo del baño, mi cabello negro
estaba recogido en un moño desordenado porque suelto me llegaba a la
parte baja de mi espalda, así que me veía obligada a sujetarlo de esa forma
si quería que mi cuello respirara un poco. Los ojos negros que había
heredado de mi padre lucían llenos de curiosidad en mi reflejo.
«Vamos a jugar, Leigh...»
Esa siniestra voz resonó en mi recuerdo y sacudí la cabeza, cerrando los
ojos con fuerza.
Basta, no, ahora yo soy perfecta. Soy completamente normal, todo está
bien.
Abrí los ojos, una sonrisa forzada se formó en mis labios, ignorando todo
lo demás.
Salí del baño, suspirando y cerré la puerta con el pie. Al llegar a la
cocina, estaba a punto de decirle algo a mamá cuando el timbre de la casa
sonó, sorprendiéndonos. No porque nunca tuviéramos visita, sino porque en
Wilson la gente no se visitaba a la hora de la cena a menos que fueran
invitados.
Mi madre se quitó los guantes de cocina y el delantal.
—¿Esperas a alguien?
Meneé la cabeza.
Ambas caminamos hacia la puerta y mi madre echó un vistazo por el
agujero.
—¿Quién es? —pregunté, inquieta.
—No los conozco —susurró, antes de levantar la voz—. ¿Quién es? —
gritó a las personas que estaban al otro lado de la puerta.
—Buenas noches —contestó una voz femenina—. Somos sus nuevos
vecinos.
Oh, la señora Till tenía razón, su acento era profundo.
Mi madre y yo compartimos una mirada y pude ver la duda en su
expresión; a ella no le gustaba recibir visitas a esta hora y menos sin la
presencia de mi padre, pero tampoco quería parecer descortés.
—Es un poco tarde para visitas —respondió mi madre. La oímos
conversar en un idioma que supuse que era alemán con una voz masculina
antes de hablar.
—Oh, lo siento, vecina. Es que apenas son las seis, no he tenido en
cuenta su horario. Le hemos traído un pastel. Lo he horneado yo misma.
Y eso fue suficiente para que mi madre cediera: si una mujer cocinaba
era porque sabía cuál era su lugar como esposa según ella.
—Quédate detrás de mí en todo momento, Leigh.
Asentí.
Mi madre abrió la puerta y me moví un poco a un lado para poder ver a
nuestros vecinos. Lo primero que me sorprendió fue la altura y la
deslumbrante sonrisa de la mujer. Su largo cabello rubio le caía a ambos
lados de su cara. Inconscientemente, mi madre se acomodó el cabello.
—Buenas noches —dijo mi madre con cortesía.
La vecina sostenía una torta con fresas y crema que parecía deliciosa. A
su lado, había un hombre de cabello negro con buen aspecto y
completamente diferente a ella. Llevaba un traje negro con una corbata
azul.
—Mis disculpas por la hora —contestó la mujer—. Somos Mila y Valter
Stein. Nos mudamos hace un poco más de una semana, pero no habíamos
tenido tiempo de presentarnos.
—Mucho gusto. Nosotras somos Leigh y Lilia Fleming —dijo mi madre.
Yo les sonreí, saludando con la mano. Mamá no perdía tiempo en
observarlos con cautela—. Bienvenidos al vecindario, me disculpo por no
haberlos recibido como se debe, no quería incomodarlos con la mudanza.
—No te preocupes, Lilia. —Mi madre se tensó ante el hecho de que la
llamara por su nombre y no señora Fleming—. He preparado este pastel con
mucho cariño, espero que nos llevemos bien.
Mi madre recibió el pastel con una sonrisa forzada. Toda la situación se
escapaba de su zona segura, lidiar con extraños no era algo que manejara
bien.
Parecía que el encuentro fugaz estaba llegando a su fin cuando
escuchamos unas voces que se acercaban desde un lado de la casa, seguidas
de una risa femenina y luego de más voces. Fruncí el ceño porque no
entendía nada de lo que decían, de nuevo ese idioma rudo y vocal.
—Oh. —La señora Stein se giró—. No se preocupen, solo son mis hijos.
¿Hijos?
Tres figuras aparecieron a un lado del porche rodeando la casa para llegar
a la puerta, eran dos chicos y una chica que no podía ver bien en la
oscuridad, venían bromeando en lo que supuse que era alemán.
El señor Stein se giró hacia ellos y les susurró algo en alemán que sonaba
como una regañina. Los tres se callaron y subieron las escaleras del porche
obedientes. Ahora, visibles bajo la luz, pude fijarme en ellos.
Los tres eran altos, de mi edad aproximadamente y muy atractivos, como
sus padres. La chica tenía el cabello negro, una melena corta que le llegaba
por la mandíbula, ojos de color azul oscuro y una cara fina y perfilada muy
bonita. Llevaba puesta una falda que apenas le llegaba a las rodillas y una
camiseta que marcaba de manera obvia sus generosos pechos. Solo su
forma de vestir ya sería todo un escándalo en el pueblo.
—Esta es Kaia —presentó la mujer.
Kaia nos sonrió, sus ojos se cruzaron con los míos por un segundo y bajé
la mirada.
Uno de los chicos se puso al lado de Kaia y en ese momento me percaté
de lo parecidos que eran: él parecía una versión masculina de ella, con el
mismo cabello negro, los mismos ojos azules oscuros y muy parecidas
facciones.
—Y este es su mellizo, Frey.
Frey asintió a modo de saludo, con una expresión fría.
Sentí unos ojos sobre mí y me atreví a levantar la mirada, pero no eran
los mellizos, sino el chico que estaba detrás de ellos quien me estaba
observando. Un poco más alto que sus hermanos, su cabello rubio rebelde
se escapaba de la capucha negra que llevaba puesta. Tenía unos ojos azules
claros que parecían grises bajo esa luz. Su cara era mucho más varonil que
la de Frey, de pómulos bien marcados y unos labios tintados de rojo por lo
que parecía un chicle que mascaba casualmente. Él hizo una burbuja con el
chicle y la explotó, aún mirándome.
—Y este es mi hijo mayor Heist.
Heist...
No sabía por qué su mirada estaba haciendo que mi corazón latiera de esa
forma. Ni siquiera lo conocía. Aparté los ojos de él, escondiéndome un
poco detrás de mamá.
Heist dio un paso al frente, se colocó en medio de sus hermanos y sonrió
a mi madre, extendiendo su mano hacia ella.
—Mucho gusto.
Su voz era demasiado profunda para su edad. Mi madre tomó su mano
brevemente y la soltó.
Heist me echó un vistazo y yo miré hacia otro lado.
—¿Y ella es...? —Él dejó la pregunta en el aire.
—Es mi hija, Leigh. —Mi madre cortó de inmediato.
—¿Y Leigh no habla?
—No me gusta que hable con desconocidos. —Mi madre estaba
perdiendo su actitud de cortesía.
Heist abrió la boca para decir algo, pero su madre lo sujetó de un brazo,
haciéndolo retroceder.
—Ha sido un placer —dijo la señora Stein—. Gracias por recibirnos sin
avisar y por aceptar mi pastel. Esperamos verlas pronto, que tengan una
linda noche.
—Buenas noches. —Mi madre no disimuló su tono cortante y cerró la
puerta, pero antes de que se cerrara por completo, mis ojos se encontraron
con los de Heist y una leve sonrisa curvó sus labios antes de perderlo de
vista.
Algo me decía que la llegada de esa familia complicaría no solo las cosas
en el pueblo, sino también en mi vida, y tenía razón.
Y todo comenzó con un suicidio.
COLORES:
sustantivos
adjetivos
adverbios
preposiciones
Conjunciones
verbos
Pronombres
uso de las letras b y v, ll y y , s, c y z, h

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